sábado, 7 de noviembre de 2015

Las personas de arena


Espejismos, hologramas translúcidos, viento nebuloso. Mi mente está llena de vapor, el mundo frente a mí está tintado de magenta y no encuentro un rumbo. No distingo formas o quimeras. Han pasado épocas, conflictos y pasiones, sin embargo, todavía sueño con él. Las olas que rompen. Arenas movedizas.

Había algo qué salvar, una misión qué cumplir, una ilusión. Vapor salino.

Llegué a donde rompen las olas, buscando a las personas perdidas cuya vida peligraba. Veía a la gente agitarse, buscando, dando alaridos. Trataban de salvar algo valioso, vidas ajenas. Luego vi que las víctimas eran estatuas de arena, acostadas en la playa como Cleopatras. Y las olas pasaron por encima de ellas, rebanando sus piernas. Luego, por encima de sus cabezas, desvaneciéndolas en un bulto amorfo más parecido a la mierda. Eran personas de polvo, sin legado, ni trascendencia. Las personas de arena. Un espejismo que yo quería salvar. Nada quedaba ya de las estatuas de arena que quería salvar, y de algún modo, supe que ahí estaban pedazos de mí, o quizás, estaría mi alma entera.


ELIXIR


Hoy siento cierta melancolía por ti, amigo del alma. Ayer, nosotros, amigos artistas, los héroes, los jinetes, los caballeros, estremecíamos al mundo. Juntos y poderosos los tres, pero tú, tú eras el diamante. Ayer casi lloramos por ti, amigo mío. Descubriste el secreto muy pronto. Pasaste por esa banca y su brillo te llamó antes de tiempo. Me sorprendió que de todos los llamados a tomar de ese frasco, sólo tú lo hubieras robado. Estabas ahí, en el parque, chapoteando en la fuente como un loco, salpicándome a mí y a él. Los que te criticaban, los que te odiaban, era porque no te entendían. ¿Recuerdas cuando eras joven? Cómo reflejabas el sol en tu piel cubierta de agua. Ese brillo meloso, de niño estrella, leyenda, mártir.
Caminabas, expuesto a la luz, artífice, enamorado, creador, sediento. El calor era extenuante cuando lo viste ahí, sostenido de ese vagabundo, brillando a través del cristal cortado. Lo tomaste de su mano mientras dormía, o quizás, moría, en aquella banca del parque. Lo miraste, un misterio dentro, los secretos de tu naturaleza compactados en ese botellín de cristal. Abriste lentamente la tapita de plata, lo acercaste a tu nariz, lo oliste. Nada. Lo tomaste. Nada. Lo tiraste, no te era útil. Regresaste al centro del parque, a aquella fuente, te refrescaste en ella mientras tantos, alrededor de ti, desfallecían de calor. Tenías un saco antiguo, de Dinamarca, blanco y con botones dorados. La gente se sentaba alrededor a asombrarse de tus juegos de palabras e interpretaciones majestuosas. Pero tú no estabas feliz, eso no fue suficiente para ti. Te sentaste allí, al borde de la fuente, y miraste el frasco sobre el pasto, el líquido se había tornado dorado y expedía una luz cegadora. Lo recogiste, mejor sería darle otra oportunidad. Le diste otro trago, esta vez, te supo metálico, tolerable. Guardaste el frasco en tu bolsillo.
Tenías una cámara sobre tu hombro, Arriflex 35 mm, nunca había sido usada antes por tus iguales. Tus manos la tomaron como si fuera una pelota e hiciste malabares con ella. Varios se acercaron contigo, yo también lo hice, y jugamos un futbolito con ella. Con el primer gol la Arriflex vomitó un triunfo. Ahí estaba, el cortometraje ganador, el de los festivales y conferencias de prensa. El frasco vibraba en tu bolsillo, lo miraste a través de tu pantalón, sólo tu visión lograba aquello. Otro sorbo, ahora te supo a té de limón. Nada mal.
Continuaste tu camino por aquella banqueta del parque. Cuando miraste el camino engrandecerse y alargarse, unos tambores retumbaron en tus oídos; tomaste tu guitarra y claves de sol volaban desde tus dedos. Te hincaste y continuaste con tu creación, haciendo vibrar las copas de los árboles con cada nota. El pasto se hacía más fresco y se tornaba violáceo. Miraste a las mariposas revoloteando por tu cabeza, eran notas, las chupabas, las probabas, las absorbías. Gran contenido vitamínico. Las nubes hacían remolinos y se movían a tu compás. El frasco, ahora púrpura, con líquido infinito, chorreaba y flotaba entre los transeúntes anglosajones. Llorabas por la luz, por la belleza, por la brisa. Ellos te aplaudían y tú tomaste un poco más del elixir.
Te entregaron un papel y ahí metiste la mano para sacar tres latas. Me las mostraste, no me sorprendieron. Fue entonces cuando te sentaste en aquella banca. Miraste a un niño viendo una película en su teléfono. Era tuya. Todavía no la habías hecho. Miraste tu amado frasco, ahora amarillo. Le diste varios tragos, te supo a buñuelo. Tu piano frente a ti, presionabas tus dedos contra las teclas y un viento de perfume, pétalos y luciérnagas pasaron para glorificarte. Las nubes bajaban para hacerte lluvia de miel, exquisita, europea. Los árboles eran transparentes, se diluían con el elixir.
El niño frente a ti se disolvió, ya no regresó. Tú seguías bebiendo del frasco ahora gris, y tus ojos, como dos hoyos negros se cerraban ante mí, ante él. El líquido misterioso ahora te sabía a necesidad. Los árboles de agua temblaban y sus ramas se rompían. Miraste atrás, la fuente seguía allí, pero no tenías ganas de ir hasta ella. Tomaste mucho más del líquido, ahora negro, infinito, y el pasto fue tragado por la tierra.  Quedaste en que nos íbamos a ver, él, tú y yo. Pero te quedaste dormido en esa banca, o quizás, morías, cuando alguien tomó el frasco de tu mano.